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Esto provoca un aspecto huraño y, desde el primer momento, el comisario Barrios receló de mí. Si uno lo piensa un poco, el pobre da bastante asco. Es una de sus preguntas favoritas y quiere que lo cuente de nuevo. Estoy un poco harto y lo hago notar resoplando. Supongo que son tretas aprendidas en la academia de policía para intentar confundirme.

Tenía el pelo largo y negro, la cara limpia y los ojos tranquilos. Estaba muy desarrollada para su edad. A veces volvíamos juntos de la escuela. Nos encontramos en el vestíbulo del instituto. Comentó que se había torcido un tobillo, que le dolía a horrores y no asistiría a clase de gimnasia. Quiso saber si la esperaría. Le miré descaradamente el escote y dudé un instante: La redención de Dios la puedo conseguir segundos antes de mi muerte Acepté y ella desapareció por el pasillo.

Tomé asiento en un banco de metal, frente a la secretaría y eché un vistazo al reloj: No tardó en volver. De su cartera sacó un jersey azul y lo puso sobre sus hombros. Dimos una vuelta por el barrio y, al llegar a la altura de los billares dijo:. Era un local grande y ancho que olía a humo.

Al fondo, las mesas de paño verde estaban iluminadas por fluorescentes cubiertos por capirotes, que colgaban del techo con largas cadenas. Fingí pensar y balanceé la cabeza, negando. Dos hombres, taco en mano, vestidos con un chaleco de sastre y el ceño fruncido, volteaban una y otra vez la mesa sin sacar el ojo de la bola roja.

Sara dejó la cartera junto a la pared, rebuscó con nerviosismo en los bolsillos de la falda y sacó una moneda: Durante unos segundos escuchamos un tintinear y un golpe, seco como un hachazo. Las bolas se deslizaron con estrépito. Cogió una, dobló la muñeca, la golpeó dos veces contra el borde de la madera y la lanzó con fuerza al centro. Bajamos la calle hasta la carbonera y nos desviamos por el atajo, un sendero guijarroso y repleto de socavones que desembocaba en una plaza de tierra roja y ocre, rodeada de moribundos plataneros.

La acompañé hasta la esquina, donde la medianera se convierte en una reja alta, de trefilado grueso y entrecruzado. Me levanté del banco empapado en sudor. Eché un vistazo al reloj. Original y dos copias. Me acerqué hasta la verja que franqueaba la entrada. Constaba de un destartalado edificio central de ladrillo, con grandes ventanas verticales, los cristales rotos y los travesaños hechos añicos y, en cuyos extremos, había cuerpos bajos destinados a oficinas.

Era un gran almacén de chatarra. No sé cómo apareció aquella revista: Su lengua asomaba de entre unos labios carnosos y rojos; sus ojos eran grandes y me miraban con picardía. Lo halló un obrero que volvía a casa tras el cambio de turno. Se detuvo a fumar un cigarrillo y vio un jersey azul, muy nuevo. Pensó que era de la talla de su hija, entró por uno de los boquetes de la tapia y, al llegar junto a la prenda, vio un bulto.

Primero pensó que era un maniquí. Y el barrio se llenó de rumores. Pensé en volver a casa y cambiarme de zapatos. René estaría trasteando la cochambrosa DKW.

No quería hablar con nadie, ni siquiera deseaba ser visto. Ya estaba dicho todo. Los periódicos publicaron diversas noticias sobre el caso. Habían publicado montones de fotos retrospectivas: Sara montada en un caballito de cartón, en un columpio, al borde de una piscina, soplando las velas de su quinto cumpleaños, en la playa con un traje de baño azul.

Por lo poco que pude leer, el artículo estaba sobrecargado de dramatismo y sensiblería: En las fotografías aparecía su habitación: Sobre la cama —bien tendida— un enorme oso de peluche de color castaño miraba al vacío. En el extremo opuesto, un escritorio de tapa de enrollar, cerrado, y una silla con el respaldo curvo. También un pequeño chifonier y un armario de teca, con altillos. Y, mientras tanto, los polis andaban por todos lados.

Era algo que podía respirarse enseguida en el barrio. Un nerviosismo de cuchicheos entre desconocidos, de miradas suspicaces y movimientos cautelosos de gente que parece estar esperando a alguien La enterramos; lo hicimos un poco entre todos.

Era domingo y abarrotamos la iglesia. Los padres de Sara estaban en el primer banco. Él era alto y delgado, sin labios y estaba muy serio. La madre tenía los ojos hinchados y rojos. Lloraba de manera exagerada y, en su mano derecha, estrujaba un pañuelo, a la altura de los labios. Durante un largo rato sólo hubo murmullos y toses. Salió un cura muy elegante, con una capa bordada en oro y un sombrero alto, como el de los cocineros. De eso casi hacía una semana.

Encontré al comisario Barrios en el vestíbulo de la alcaldía. Vestía pantalones grises e iba en mangas de camisa. Al verme se quedó muy quieto, con los brazos separados del cuerpo como si fuera a pegar un puñetazo. Llevó la mano al bolsillo y sacó un paquete arrugado de cigarrillos. Le dije que iba a firmar la declaración que mis padres y un abogaducho habían leído antes, tal y como quedamos. Rascó un fósforo y encendió el pitillo. Cabeceó un par de veces, para darse tiempo a pensar.

Sacó dos chorros de humo blanco por la nariz y subimos al despacho. Fui guiado por un pasillo lateral, estrecho, de paredes grises y descascarilladas que olía a rancio. A ambos lados tenía puertas de cristales biselados. Me asaltaron un montón de dudas. Pensé que podría haberme tendido una trampa y que iba a encerrarme en un calabozo.

Al fin y al cabo, siempre sospecharon de mí. Llegamos a una especie de mostrador en donde permanecía acodado un policía de uniforme. Era flaco e iba sin afeitar, con el pelo pringado de brillantina. No cesaba de masticar un mondadientes. Tenía los zapatos llenos de polvo rojizo. Intenté no pensar en nada.

Desabroché un botón de la camisa y me pasé la mano por el cuello: El policía llegó hasta el mostrador con los papeles y me hizo una seña. Negué con la cabeza: Estaba incómodo y quería largarme lo antes posible.

Firmé los dichosos papeles y respiré hondo. El aire tenía sabor a humedad. Aquello era una forma de decir adiós. Tuve la sensación de que el comisario Barrios no me quitaba el ojo de encima, como si estudiara milimétricamente cada uno de mis gestos. Dio una calada, tiró el cigarrillo al suelo, y lo aplastó con la punta del zapato.

Recorrimos de nuevo el pasillo hasta el vestíbulo. Por un momento temí que fuera una estratagema para darme de nuevo la tabarra con las mismas preguntas; sin embargo, permaneció en silencio. Deambulé por las callejuelas. Odiaba no tener a dónde ir. Hice un alto ante el escaparate de la tienda de animales. Los había con la cabeza naranja o gris y el pecho amarillo o rojo, con bandas blancas y rojas, de pico largo, cónico o curvado, de colas largas o cortas de color negro o verde.

Sujetos a los barrotes estaban los comederos junto con trozos de lechuga, manzana y huesos de sepia. La tarde del martes, cuando Sara y yo salimos de los billares, también nos detuvimos en la pajarería.

Sara pegó la cabeza al cristal para mirar a un pajarito que saltaba de percha en percha emitiendo silbidos y gorgoteos; al verla, giró el cuello a uno y otro lado e hinchó el plumaje. Estaba confundida y no sabía qué hacer. El cielo era de color pardo. Ella no dejaba de preguntar. Cruzamos la explanada de tierra roja y ocre. Al llegar a la tapia aparté la maleza, dejando limpio un hueco lo bastante ancho.

Me empezaba a hartar tanta mojigatería y tantas preguntas tontas. Fui un poco brusco, lo reconozco. Rosa quedó paralizada, torció las comisuras de los labios, puso cara de compungida y empezó a llorar. Me acerqué a ella y la abracé. Sentí un puñetazo en el pecho y la sangre que se aceleraba. La apreté contra mi pecho. La solté, aunque mantuve mi mano sobre su hombro. Su pelo olía a colonia.

La zona estaba sumida en una lóbrega penumbra. Era un espacio irreal, envuelto por un aire chato y opresivo impregnado de humedad.

Al poco rato nuestros ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad. Me cogió con fuerza de la mano y empezamos a andar por el centro de las calles, evitando los raíles semienterrados. Dimos una vuelta hasta la segunda calle y giramos a la derecha. Sara me dio una lección sobre los tipos de huevos: Hablaba para superar el miedo. Luego caminamos un buen rato en silencio. Tarareé una canción y comenté lo oscuro que estaba todo. Le hablaba en susurros.

No tenía la mínima idea de lo que iba a suceder. Las cosas llegan cuando tienen que llegar. Seguían sin hablar, y ambos parecían acostumbrados a ese trato. Odiseo y el Pescador eran en ese preciso instante dos seres naturales, dueños de ideas simples, certeras y limpias, que les servían para ejecutar movimientos de probada eficacia, sencillos, y tan antiguos como la necesidad que el hombre tenía de ellos.

Navegaban, pues, de regreso, y la canoa se deslizaba dulcemente sobre el agua tranquila y agraciada por una imperceptible brisa del sur. El niño remaba con suma habilidad al punto de que sin esfuerzo aparente le daba a la embarcación, pese a su liviandad, la poderosa y serena gallardía de la marcha regular e indeclinable contra la corriente.

El Pescador iba de pie en el centro de la canoa, con la vista clavada en el lugar de la ribera donde iría a encallar. Ese parecía ser el ejemplo que emanaba de la figura estatuaria del Pescador con la misma simplicidad y sencillez que pudiera emanar de su voz, puesto que uno podía imaginarla, no ya en su calidad sonora, sino como baquiana expresión del oficio de extraer del río el sustento. Odiseo parecía haber recibido cotidianamente esa lección sin palabras, no trasmitida de maestro a discípulo, ni de hombre a hombre, sino de ser humano experimentado en el ejercicio de ganar el pan que en el caso del Pescador parecía equivaler al ejercicio de una dignidad a otro con menos experiencia dignidad , pero con iguales posibilidades de adquirirlas.

Durante el resto de su vida —ese viaje de un día- sería patente en Odiseo la influencia de su amigo el Pescador, así como la del Panadero. Y otra vez el hambre.

Otra vez el hambre, y es como decir: Otra vez la primavera. Otra vez el hambre, como si dijésemos: El hambre, el hambre-día, el hambre-estación, el hambre-brisa-del-Sur que lleva las nubes hacia el horizonte. No el apetito, sino el hambre: El hambre de Odiseo, el hambre de la luna que gira y la de las escarchas del invierno.

El hambre de los picaflores y la de los granos aventados por el labriego. El hambre de los corderos de septiembre y la de los recién nacidos.

El hambre de los seres oscuros de la tierra. El hambre de los ríos que desembocan en el mar y la de los vientos de marzo que traen la lluvia para el trigo. El hambre muerta de las tierras blancas y la de las cosechadoras apagadas y enmohecidas. El hambre de las cosas viajeras: El hambre, el hambre de la tierra vieja y maternal, asesina, jugosa y obediente. El hambre bajo las talas y algarrobos, a ras de las serpientes.

Ya tenía un pasado, menos de un día en el tiempo, pero algo que apoyaba su marcha: Porque en el alma de los héroes y de los niños fructifican extrañas semillas, despreciables, sino insignificantes para el resto de los hombres, pequeñas semillas de donde nacen tremendas ideas de poder infinito, troncos potentes e inmortales, causas sagradas de redención humana.

Era así como Odiseo se encaminaba hacía un grupo de sauces trescientos metros distante, río arriba, del lugar donde había quedado encallada la canoa del Pescador. Era el mismo grupo de sauces que podía ver, afinado y brillante en la distancia, desde su rancho.

Cuando llegó —serían las once de la mañana- el lugar estaba desierto. Odiseo se sentó a esperar, bendecido por la sombra. No sé si fue esa vez, precisamente, al salir de la Jefatura de Policía. No lo recuerdo con exactitud porque las emociones de ese día me trastornaron un poco.

No asumí ninguna actitud nueva. En apariencia no cambié y creo que mi esposo no llegó a darse cuenta de lo que me ocurría. Seguí siendo fiel a nuestra vida, dócil, callada, pero en cambio no hubo desde entonces acontecimiento, por insignificante que fuese, que no me inspirara largas meditaciones, que no le buscara los pros y los contras y que no me sugiriera proposiciones de actuar en un sentido o en otro.

No puedo decir que es lo que me ha impedido salir de mi antiguo modo de ser pasivo y quieto. Creo entonces, que no fue ese mismo día, porque mi marido tenía pocas ganas de hablar, y el mismo no estaba muy al tanto de las cosas, pero fuera un día u otro lo cierto es que llegué a enterarme, aunque no de un modo preciso, de que los cuatro muchachos que encontramos en el rancho a nuestra llegada eran hijos de otras tantas familias que habían abandonado las tierras blancas para irse al Neuquén a trabajar en la fruta.

Parece que un día llegaron unos camioneros, mandados no se sabe por quién, y recorrieron el rancherío a los gritos invitando a la gente a irse con ellos al Neuquén a recoger manzanas y a ganar mucho dinero. No me supieron decir cómo ni por qué, pero esos cuatros muchachos quedaron al cuidado de una tal doña Domitila, en su rancho. No supieron decirme si porque estaban enfermos o porque no eran hijos de esas familias, sino que a su vez ellas los habían recogido de otras que habían partido antes, no se adonde, y algunos aseguraban que dos de los chicos, por lo menos, debían de ser hermanos entre sí, aunque ni ellos mismos lo supieran o no nos lo quisieran confesar.

El Comisario de Órdenes estaba en la estación del ferrocarril ocupado en embarcar votantes inscriptos en otros departamentos y que iban a tomar un tren especial. Cuando pasadas las elecciones, en las que triunfaron otra vez los partidarios del gobierno, volvió al tapete el asunto de los muchachos y de doña Domitila, el Comisario de Órdenes tuvo buen cuidado en omitir decirle al defensor que el había visto partir a la anciana, y toda la culpa recayó sobre el cabo de guardia, que era el mismo uniformado que vino al rancho ese día y nos condujo a la Jefatura.

Lo recuerdo porque nosotros —tal como nos lo anunciaron los muchachos- comimos asado con cuero; porque mi marido anduvo medio borracho durante una semana entera y no le faltaba dinero encima, y porque recién muchos días después fuimos al regimiento a buscar comida al mediodía. También lo recuerdo porque durante esa semana que siguió a las elecciones yo aproveché la borrachera casi permanente de mi marido para sacarle el dinero que necesité para el catre.

Recuerdo, sí, perfectamente, que ese día, después de salir de la Jefatura de Policía, llegamos al rancho y mi marido se marchó en seguida sin decirme adonde y que regresó como diez días después con bastante dinero, borracho, y me dijo que había visto a los muchachos del rancho, y me amenazó con golpearme lo que nunca había hecho si yo le contaba a alguien que él los había visto. Así es que por lo menos durante toda esa semana que siguió a las elecciones nadie en el rancherío se dio a pensar en los muchachos, y como cuando tuvieron tiempo de pensar en ellos nos vieron a nosotros, no se interesaron o fingieron no interesarse mucho en el cambio de vecinos ocurrido durante esos días de jolgorio, de borracheras, de comilonas, y de baile sin descanso.

Caímos bien en el vecindario, pues aparecimos como una especie de producto de esos días de loca alegría y de excesos en un lugar donde la pobreza es vecina de la pobreza —por no decir miseria-, un lugar donde los pobres eran y siguen siendo muchos y viven unos cerca de otros —que era lo que decía el viejo Olegario-, no como en el campo; un lugar, en fin, donde las necesidades no se pueden ocultar ni disimular, porque en casa vemos las del vecino y el vecino ve las nuestras en su casa.

En ese tiempo, como ahora, todo salía del río y del regimiento: Por suerte a mi marido nunca se le ocurrió traer un soldado a casa. Ahora no se si no se atrevió o no lo quiso realmente, pero un día me habló de eso. Ellos son los que roban. Me miró de reojo y se fue. Mientras tanto, arrojaba cascotes al río, no divertido, sino atento y reflexivo con los estallidos y el desplazamiento de la luz en el agua.

Contemplado así, entre los reflejos del agua y del cielo, daba una sensación no de inquietud sino de serenidad jubilosa y expectante. Había estrechado sus rodillas contra el pecho y abrazaba sus piernas en flexión, balanceando el cuerpo para mantener un equilibrio que parecía surgir de sí mismo y en relación directa con la sombra de los sauces llevada y traída dulcemente por la brisa del río.

Si se lo hubiera mirado de cerca, a los ojos, se hubiera advertido, no obstante la pasividad de su actitud, una luz insólita, como si esperara o presintiera un viento repentino que desquiciara el lento trayecto de la sombra hacía sí misma y trastocara todo el paisaje, refugiado del sol en su propia calma.

Río arriba, navegando junto a la orilla, avanzaba penosamente una canoa. El hombre que la conducía miró hacia la ribera y saludó al niño con la cabeza. Era un hombre viejo pero robusto, de rostro atezado y enérgico, cuyos planos bastos y pronunciados parecían haber sido moldeados a golpes de hacha.

Palcaba con indolencia, sin prestar la menor atención a sus movimientos, despreocupado en absoluto al parecer de la escasa velocidad que imprimía a su embarcación, como si le diera tanto llegar, dondequiera que fuese, a una hora como a otra. La canoa pareció detenerse y hasta retroceder cuando el hombre dejó de palear. Antes de responder, don Bililo creyó necesario quitarse el deshilachado sombrero gris y enjugarse la frente con el antebrazo.

Pero menos apuro tenés vos. Desde el río, la voz del hombre llegaba con una nitidez sorprendente y divertida, Odiseo volvió a hablar solo para que el otro contestara y poder escucharle nuevamente.

Entonces uno espera el pique, y por lo tanto es una manera de andar, y de llegar también, cuando se caza algo. Y me parece que no han de venir, tampoco. Por lo menos a buscar los tarros.

La canoa había retrocedido visiblemente y la proa apuntaba ahora hacia el medio del río. Bililo restableció la dirección con un golpe de remo y prosiguió navegando. Cuando pasó otra vez junto a Odiseo, agregó: Es mejor andar solo que en mala compañía… Y decile a tu madre que mañana puede ir a buscar leña. Odiseo, sonriente, pareciera desear que Bililo siguiera hablando con esa voz clara y brillante, desde el río, pero la embarcación ya se alejaba y el hombre, sin volver la cabeza, lo saludaba con el brazo levantado.

El niño se puso de pie, subiose al sauce grande y descolgó su tacho. Antes de descender echó una mirada en derredor. Entonces decidió ir solo, no por obedecer, aunque recordando, con la misma claridad sonora de su voz, el consejo de Bililo. Emprendió el camino a través de las tierras blancas en dirección a las barrancas del polígono de tiro, calculando atravesarlo al sesgo y dar justo al callejón que desembocaba en la Calle Ancha a la altura de la puerta falsa del regimiento.

La tierra pelada ardía bajo sus pies descalzos. Alarmose repentinamente y se detuvo a esperar. No solo advirtió que el polígono estaba desierto, sino que, retrospectivamente, captó el silencio en totalidad y sencillez: Tengo que mandarte —y como Odiseo siguiera avanzando hacia la enramada de glicinas, ella agregó: Pensando en ello, en el mandado que habría de hacerle a Angélica, marchaba cabizbajo, y solo levantó la cabeza cuando llegó, junto con el callejón, a la Calle Ancha para enfrentarse con la tercera sorpresa de la mañana: Se rascó la cabeza, Pese a las palabras de Bililo, los muchachos podían haberse retrasado en ir a recoger sus tachos bajo los sauces; podía no haber oído los disparos o los tiradores haberse retirado temprano del polígono —cosas que ya eran en sí mismas sorprendentes-, de modo que se sentaría a esperar que alguien llegara al regimiento.

Se sentó, pues, a esperar, sin preocuparse de iniciar una fila y llegar a ser en su momento el primero.

Se sentó, simplemente, y ni siquiera junto a la puerta del regimiento, a la vista del centinela, sino en la acera opuesta, a la sombra de un paraíso. Odiseo no la oyó. La Niña se sentó a su lado. Odisea y la Niña se miraron y sonrieron a manera de saludo. Pasado un instante, ella volvió a su gesto anterior que en cierto modo imitaba al de Odisea: Esto le confería a su cuerpo una actitud de descanso, fatalidad o pesadumbre.

Habían pasado varios minutos y ninguno de los dos parecía sentir la necesidad de hablar o de explicar nada. Estaban frente a la puerta falsa del regimiento, como todos los días, pero esta vez, solos. Nadie les disputaría una parte de la ración. Para Odiseo, esta circunstancia se agregaba, sin complementarlas, a dos anteriores igualmente insólitas. Si la Niña estaba allí, como él, era por una causa habitual de ambos.

No se explicó nada, sino que experimentó de repente la congruencia preexistente entre la triple deserción de los muchachos bajo los sauces, de los tiradores y de los peticionantes a la puerta del cuartel. La Niña parecía esperar que se completara el mecanismo, que cumpliera su ciclo el pensamiento de Odiseo, y esperaba asimismo una explicación de por que el a su vez estaba allí, frente a la puerta del cuartel, pero su curiosidad o su impaciencia largo rato contenida se adelantó un paso y dijo, preguntó: El centinela los detuvo.

No los detuvo, sino que ellos se detuvieron a la espera del grito ritual del soldado de guardia: No era para menos su hilaridad: Todos se contagiaron de la risa del cabo.

Odiseo y la Niña, en lugar de contestar, se detuvieron, como si esa fuera la respuesta adecuada: Ese tiempo y el gesto de ambos fueron suficientes para que se acallaran las voces de los soldados, que ahora los miraban con otra expresión, tal vez no menos asombrada, pero ya tierna, sentimental, algo cursi, se diría benévola.

Le apuesto a que nadie viene hoy. También esa vez mi marido estuvo unos cuantos días fuera de casa, y cuando regresó trajo menos dinero que la vez anterior. No llegó borracho, pero con señas de haberlo estado. Nada le contesté porque todavía el no me había enterado de sus andanzas y negocios. Esa vez lo supe. Entró en el rancho y se puso a revisar cuando cosa o trapo teníamos para vestir, y solo cuando estuvo convencido de algo que hasta ese momento yo ignoraba, se quedó tranquilo y échose a dormir.

A casa no vinieron esos brutos, pero me enteré de que anduvieron por casi todo el barrio de las tierras blancas. Iban en carro y algunos soldados a caballo.

La gente los insultaba y amenazaba, pues no se limitaban a requisar el interior de los ranchos, sino que miraban hasta lo que uno llevaba puesto encima; me dijeron que hubo quienes se vieron obligados a desvestirse en la calle para devolverles todo lo que perteneciera al ejército.

Mejor dicho no se molestaban en oír, no les convenía oír. El suboficial ordenaba y los soldados se apoderaban de todo lo que tuviera una apariencia militar y lo cargaban en el carro.

La noticia corrió por el barrio como una electricidad, y algunos intentaron escaparse para salvar sus cosas, pero fue para peor, nada salvaron. Los soldados habían rodeado el rancherío. A casa no llegaron. Esa mañana supe, adiviné, mejor dicho, de donde provenía el dinero que traía mi marido. El se cuidó muy bien de traer nada a casa, salvo el dinero. Se cuidó tanto de eso como de hablar, y así el episodio transcurrió para nosotros sin mayores sobresaltos, aunque después mi marido debiera ocuparse de cosas menos secretas para vivir, o simplemente no hacer nada, sin que eso nos haya impedido vivir.

Después no le fue difícil conseguir una canoa prestada, alambre, piola y anzuelos, pero ese no era un trabajo para el. Lo difícil no fue calafatear la canoa, ponerla en condiciones y empezar a pescar —no digo lo difícil: Había que salir temprano, pero esa no era una dificultad, porque mi marido, por mucho que nunca hubiera sido un esclavo para el trabajo, tampoco era dormilón.

Mala suerte hemos tenido siempre, a pesar de que empezamos bien. No, no era que tuviese que levantarse temprano para vender el pescado.

Ni mi marido ni yo creíamos al principio que nos abandonarían así, que de un día para el otro nos quedaríamos a la intemperie, casi como Dios nos echó al mundo. No, no era eso, porque tal era la costumbre de madrugar que mi marido había adquirido en el trabajo de labriego —supongo que desde niño-, que eso no era, no podía ser un inconveniente. Es cierto que todos los años debíamos sembrar un potrero distinto, y que no solo no éramos dueños de nada, sino que ni siquiera éramos arrendatarios de ninguna tierra.

Eso, eso fue lo que nos perjudicó. Mi marido, en realidad —yo se lo dije muchas veces y el no me lo discutió tampoco-, era un peón. Todo pertenecía a la estancia: Llegó un momento en que, aparte de no tener nada nuestro, habíamos también perdido todo derecho a seguir cultivando una tierra. Es claro, yo le decía mi marido: Y el me decía: Y yo le decía: Y entonces yo me callaba, confiaba en el, suponía —pobre ingenua- que tendría alguna palabra de los patrones, que le habrían hecho alguna promesa o habrían firmado un papel.

Se cumplió mi profecía: Y el les contestó: Usted y su familia no podrían vivir con el sueldo de peón. A usted no le conviene seguir aquí. Nosotros no podemos firmarle un contrato. La ley exige la estabilidad en un lugar, en un potrero. Y no podemos llevarlo de un lugar a otro, como hasta ahora, sin infringir la ley. Tendríamos que firmar un contrato de arrendamiento de un potrero, y usted ya no podría moverse de ese potrero, aunque usted mismo lo quisiera.

Y entonces el les dijo: Y por fin ellos le dijeron: Yo digo siempre que a mi marido, después de eso, algo le pasó. Desde entonces, se produjo en el un cambio: Pero al día siguiente, en lugar de salir a venderlo, se quedaba en casa y miraba la Cuchilla Redonda, y se estaba así las horas, sin desviar la mirada de ese punto, como si esperara no se que, que alguien lo llamara y le pidiera que labrara la tierra nuevamente.

Parecía odiar las tierras blancas. Con razón nadie nos hecha de aquí, ni nos pregunta si pagamos o no el arrendamiento, ni nos pide que sembremos o dejemos de sembrar. Y el viento y el agua de las inundaciones, mientras tanto, se van llevando lo poco que queda de bueno. Vos no vas a creer, pero yo leí una vez que así empezaron los desiertos, así se formaron, porque antiguamente en el mundo no había desiertos.

Parece que cuando se va la tierra viene la arena; se forman los médanos y después, los desiertos. Cerca de aquí hay médanos, hay una estación de ferrocarril que se llama Médanos, y hasta un distrito se llama Médanos: Y él me decía: Llegue a sentirme culpable de su desgracia, y probablemente ese fue el origen de la idea de irme, pero el me lo impidió, se opuso enérgicamente a que yo saliera de casa y hasta me dio un dinero cuya existencia yo ignoraba y que seguro no se proponía darme.

Miraba em dirección a Cuchilla Redonda, en realidad. Al principio no lo conocí. Después cuando habló, me acordé de el. Reconocí sus rasgos y me costó creer que fuera el mismo. Había crecido mucho, sin duda, y ya no vestía harapos como cuando lo vimos aparecer junto con los otros tres sabandijas de entre el cañaveral. Había llegado a pie y debió golpear dos veces las manos antes de que yo lo escuchara. Después me pareció mentira que hablara y me saludara con respeto y que ya no se tirara al suelo y diera vueltas carnero y no se burlara de mi marido por no saber donde quedaba el cuartel.

Por cierto que habían pasado unos años desde entonces, no muchos, pero tan importantes para el como que lo habían convertido en una persona mayor, en un hombre, por así decirlo. Tuve ganas de llorar. Esa respuesta me produjo una tristeza que pocas veces he vuelto a sentir.

Mi marido lo invitó a pasar y yo les cebé mate. Odisea ya caminaba, pero sin apartarse de mi falda. Luego, durante un tiempo, caminaba junto a mí, tomado de mi falda, y después, aunque ya podía sostenerse solo y caminar por su cuenta, siguió pegado a mí, y hubo durante un largo período durante el cual no se me apartaba, fuera donde fuera. Al llevarles un mate, el muchacho le decía a mi marido: Parece cuento, pero hasta el día de hoy ignoro su nombre y apellido.

Bien, llegó en ese día, tomaron mate con mi marido, conversaron mucho, se entretuvo con Odiseo que en seguida se le aquerenció, y fue, creo, desde ese día, que el chico aprendió verdaderamente a caminar sin necesidad de mis polleras. Por este detalle relacionado con mi hijo, el Primo me pareció de entrada un hombre de esos que la gente se ve obligada a seguir o a imitar. Como llegó de mañana, cerca del mediodía, al rato salieron con mi marido y regresaron con un asado, vino, y una botella de caña.

Después de siesta los dos volvieron a salir. Mi marido regresó a la noche, solo, bastante borracho. Fue entonces, recuerdo, cuando la palabra hombre no en el sentido de hombre o mujer, sino de persona formada referida al Primo me pareció inadecuada. En esa época tendría diecinueve o veinte años. No obstante su aspecto cambiado, el Primo —no se por que- seguía siendo para mí algo de aquel gurí rotoso, pícaro y sucio que comandaba a otros tres muchachos de su misma condición y apariencia.

Lo concebía en mucho tal cual era entonces, aunque ya crecido y limpio, y sobre todo lo vinculaba a la circunstancia de que carecía de padre y madre. Ese día, lo primero que hice fue recordarle aquella conversación: Mire, si yo supiera hoy donde se encuentra mi madre, haría lo mismo que el hijo de doña Dimitila: Precisamente por no conocerlos, el Primo me parecía demasiado hijo de sus padres. Mientras eso no ocurriera seguiría siendo una criatura ya crecida, es cierto , pero una criatura en su condición de hijo de alguien, papa poder, inmediatamente, convertirse en hombre.

He aquí el miedo, el miedo inexplicable y tonto que yo sentí aquella vez cuando conocí al Primo y a sus compañeros. Ahora comprendo que en realidad yo tenía miedo de morir antes de que Odiseo fuera capaz de conocerme, de saber que yo, yo, era su madre. El miedo de morir, en aquella oportunidad, no era infundado: Eso era lo peor, el desamparo.

Sin que se cumpliera esa condición me parecía , nadie podría convertirse en hombre, porque uno es hombre —o mujer- cuando tiende a separarse de sus padres, o alejarse de ellos —aunque no sea en distancia-, es decir, ser uno mismo por su cuenta; y no lo es, no puede serlo, mientras anda en busca de quienes separarse para adquirir responsabilidad. Cuando el hijo se hace mayor, uno tiene que parirlo de nuevo, tiene que dolerle a uno de nuevo para que sea hombre. Ahora estoy contenta y no tengo miedo a nada porque creo que ya me conoce, creo que ya me conoce para toda la vida, ya sabe con sus ojos que yo he existido, que lo he querido y amamantado.

Y por eso ya no tengo miedo. En cambio el Primo, no. De ahí mi piedad por el. Tanto, que me hubiera gustado convertirme en su madre el día en que mi marido se lo propuso a el y a los otros tres, y que Odiseo se convirtiera en hermano suyo. El Primo —estoy segura- lo quiere a Odisea como a un hermano. Me hubiera gustado —repito- servirle al Primo de algo para que lograra su hombría.

Me gustaría convertirme en la madre de todos los huérfanos que haya en el mundo, de todos cuantos la necesitan para ser hombre y para que puedan decir: Por eso me sonó rara la palabra hombre referida al Primo. Si no hubiera sido por mí, lo mata, seguro que lo mata sin asco. Ya había sacado el cuchillo y yo me lo crucé.

Me miró muy fiero y creí al principio que no iba a detener la mano aunque yo estuviera en el medio, así que me encomendé al cielo. Así como no sé por que se sulfuró. El otro no le había hecho nada.

Creo que ni siquiera le habló, sino que dijo algo, pero no a él, que yo no entendí, y que muchos tampoco vieron la relación que esas palabras podrían tener con el Primo. No sé si se creyó o se hizo el ofendido, pero lo cierto es que cuando nos acordamos, el Primo ya le había acomodado un planazo y ya medio lo tenía acorralado como para achurarlo, cuando yo alcancé a intervenir y se contuvo.

Mi miró, sabes, de una manera feroz, como reprochando, y al rato agradeciendo que yo me metiera. Se me ocurre que se acordó de vos y de Odiseo y por eso no me dio a mí la puñalada que iba dirigida al otro. No tardó en calmarse y en pedirle disculpas a Estévez, y no me hubiera sorprendido de que quisiera hacerse perdonar por el otro también.

Después de esa, hubo otras ocasiones en que también supe que el Primo había armado bochinche. Desde ese día en que nos visitó por primera vez, no se olvidó de nosotros.

Se que empezó a ayudar a mi marido, de esa manera primitiva y simple que el tiene de ayudar ala gente: En eso también el Primo se parece a un niño. Aprovechaba cualquier distracción nuestra para dejar la plata sobre el cajón del rancho, debajo del candelero para que yo lo recogiera y mi marido no se enterara. Eso sí, le pagaba las copas, con frecuencia se emborrachaban juntos y en muchas ocasiones mi marido evitó que se peleara. El Primo parecía respetarlo, y yo sostengo que lo respetaba por eso, porque necesitaba de él a manera de sustituto de padre y de mí como madre, y por eso me dejaba dinero.

El Primo, pues, había hecho fama de pendenciero, así como mi marido la había logrado de borracho e indolente, de hombre sin trabajo. Angélica, por ejemplo —una buena amistad pese a todo lo que de ella se diga o sea en realidad -, fue por ello que vino por primera vez a casa. Sería poco antes de la madrugada de un domingo cuando me despertaron unos gritos de borracho y no tardé en reconocer la voz de mi marido.

Una de esas voces era de mujer. Cada uno con su correspondiente tacho colmado de guiso colgando de una mano y una galleta en la otra, la Niña y Odiseo traspusieron la puerta falsa del regimiento y salieron hacia la Calle Ancha. Ese gemido o lamento o simple canto, pero con algo de humano, tierno, sangrante, desgarrador y largo, parecía venir de todas partes y poblar el mundo solo de tristeza y soledad.

El Coco y la Solapa formaban una pareja terrible y siempre andaban juntos: Su hora era la de la siesta, y el canto de las palomas anunciaba su paso. La Solapa era una mujer flaca, alta y negra, de larga nariz y revuelta cabellera ceniza. La Solapa se llevaba a los niños que intentaban escapar de la cama una vez acostados. El Cuco, por su parte, era un hombre viejo, encorvado y borracho; llevaba siempre una bolsa cargada a la espalda y dentro de ella un niño desobediente.

El Cuco y la Solapa se comían a los niños porque su carne era tierna y ellos eran viejos y tenían los dientes gastados. Ambos vivían juntos en el monte, en un rancho destartalado y viejo. Los niños casados eran obligados a traer desde el monte la leña con que luego serían cocinados en una olla de tres patas, grande y negra. Los animales, salvo las serpientes, intervenían en defensa de los niños, que, con esa ayuda, lograban derrotar a la pareja de viejos y salvarse de ser comidos.

Atravesaron la calle sin decir una palabra, presas de un recóndito temor, y al llegar a la entrada de uno de los callejones, donde debían separarse, la Niña se detuvo, indecisa, a la espera de un gesto de Odiseo o de algo que la ayudara y la animara a proseguir sola su camino.

Ni vos ni yo hemos comido todavía. En lugar de separarse, siguieron juntos por la Calle Ancha. Por lo visto, ese día el viaje de Odiseo no sería normal. Ahora andaba fuera de su ruta, en dirección al rancho donde la Niña vivía con su abuela.

Se había encontrado de pronto con una niña a la que había acompañado y hasta cierto punto protegido, y esto era nuevo con relación a experiencias anteriores, tales como la palabra de la Madre, las torres, las frases del Panadero o la compañía del Pescador; nuevo, pero no yuxtapuesto, sino agregado a manera de temple o cualidad, y pasado al instante, olvidado, quedando solamente su huella de luz o de sombra.

Era la Madre quién ahora recordaba por él y para él, así como antes lo había amamantado hasta con sus débiles jugos. De ese modo, recordando, la Madre le abría paso a su paulatina toma de conciencia, completaba su ciclo espiritual y empujaba su andanza. Odiseo se hallaba ahora de nuevo en el itinerario previsto; mejor dicho, de vuelta en su ruta por el camino de la Calle Ancha, viniendo desde el racho de la Niña hacia la entrada del callejón que lo llevaría, atravesando nuevamente el sesgo —pero en sentido inverso- el polígono de tiro, hasta el conocido grupo de sauces, junto al río.

Llegó al callejón, se internó decididamente en él y al pasar frente al rancho de Angélica, sin interrumpir su marcha, detuvo su mirada tratando de descubrir la presencia humana a través de la tupida enramada que servía de antesala o vestíbulo. Angélica, probablemente, dormía la siesta o se preparaba para recibir a alguien.

Había en el centro una mesa cubierta con una carpeta roja, tejida, en cuyos bordes colgaban flecos azules y sedosos. A su lado, la cama, inexplicablemente ancha, con respaldares de madera oscura, y al otro, demasiado lejos, una mecedora de junco donde reposaba el pequeño. Un cajón servía de mesa de luz, peo estaba forrado con cretona, y al parecer no desempeñaba otra función que la de sostener un retrato de sepia de la dueña de casa.

Ese recuerdo no obraba comparativamente, sino por contraste, verbigracia, con el tacho colmado de guiso cuartelero que ahora le pesaba en el brazo derecho. Establecía una especie de falso equilibrio entre la realidad y la fantasía, concentrando de un lado todo lo feo de la realidad y en el otro todo lo agradable que trascendía de las cosas de Angélica.

Era así, sobre todo, por la indiferencia con que Angélica parecía arreglar su casa, como si ese arreglo fuera una cosa extraña a ella misma y a sus preocupaciones cotidianas. La realidad era tan agresiva y difícil, que no respetaba ensoñaciones, ni a quienes a su arrullo se dejaban estar, sin contar que ella misma —la realidad- se empeñaba en otorgar, junto a sus dificultades, la inenarrable fuerza de sus cambios eternos e infinitos, aunque en algunos casos mezquinara a ciertos hombres los cabos de la salvación.

Pero no se detuvo, pese a todo. Muy pronto ovo los gritos, los gritos, las risotadas, los aspavientos y volteretas que parecían dar los cinco a un tiempo.

Pensó que ya no había manera de escapar si quería salvar el tacho de guiso y que tampoco tendría tiempo de comérselo antes de que ellos llegaran. Sería una excesiva ventaja para cualquiera de los otros, que corrían tan ligero como el: Y ese peligro imaginario, pero concreto y al parecer inminente, se me ocurría mayor no porque mi marido no estuviera con nosotros, sino porque, viniendo de la calle junto a esa mujer, se había puesto de parte del peligro, lo ayudaba y estimulaba en su amenaza.

Abracé con todas mis fuerzas a Odiseo, y mientras esperaba, indefensa, las manifestaciones de ese peligro, juré irme, abandonar a mi marido, liberarlo de mi presencia y de la de Odiseo. Se me ocurrió que el canto de ese bendito gallo adelantaba el día y que ya las luces no tardarían en aclarar el horizonte. Esta visto que no cumplí mi juramento. Acaso debí formular un voto.

En ese momento las otras dos voces, una de ellas femenina, consiguieron hacer callar a la de mi marido. La voz femenina era persuasiva y adormecedora.

Al escucharla se me ocurrió recordar o pensar en la mía, y entonces no se que palabras cariñosas le susurré a Odiseo, dormido en mis brazos. Me dejé estar influida por la magia de la ininteligible conversación que se desarrollaba afuera. Me dejé estar, soñolienta y hasta dichosa, como cuando niña, durmiendo la siesta en la penumbra de nuestra casa, escuchaba las voces que venían del corral o de la cocina y gozaba con sentirme incluida y fuera de ellas al mismo tiempo.

La voz femenina era muy propicia al contraste con los gritos de mi marido. Cuando se emborrachaba, ahora que vivíamos en las tierras blancas, gritaba de un modo especial, inconfundible para mí, a la manera campesina cuando se arrea una tropilla. Eran buenos caballos tanto para el arado como para cualquier otro trabajo. Yo reconocía ese grito desde los tiempos de la chacra, porque diariamente se lo escuchaba, de madrugaba, cuando echaba a la tropilla.

Y ahora esa herramienta no le servía para nada así que es como si se la hubiesen quitado también: Hubo un instante de silencio y luego alguien asomó a la puerta del rancho.

Yo me incorpore del catre, sin soltar a Odiseo. Soy amiga del Primo. Solo entonces me levanté, dispuesta a atender a mi marido, que sin duda ya no podría sostenerse sobre sus piernas, aniquilado por el alcohol. Cuando Odiseo dejo su tacho de guiso en el suelo y se colocó delante, decidido a defenderlo, los cinco muchachos ya se acercaban a todo correr dando gritos.

A mitad de camino se detuvieron, pero sin dejar de gritar, y Odiseo vio que lo llamaban, haciéndole señas con las manos. Durante un segundo eso excitó la imaginación de Odiseo, pero muy luego recuperó su actitud vigilante y desconfiada. Nada bueno podía esperarse de semejantes exageraciones. Odiseo endureció el cuerpo, cerró los puños. Los otros ya estaban a un paso. Se detuvieron, callaron un instante sin entenderse; después, los cinco arremetieron contra Odiseo.

Dos le sujetaban los brazos, uno lo ceñía por la cintura, en tanto que un cuarto trataba de bloquearle las patadas. El quinto, como un general, ordenaba: Las patitas, las patitas, para que no cocee el bagualito. Su estatura era mayor, casi el doble, que la de los otros.

Hubiera bastado su intervención para dominar a Odiseo, y acaso por ello mismo se mantenía al margen de la lucha. Ese tono del grandote, que no se metía en la pelea pudiendo decidirla en cualquier momento, conmovió a Odiseo, que se echó a llorar de rabia e impotencia, pero sin dejar de hacer fuerza. El otro le mostraba el tacho de guiso y bailaba a su alrededor. Solo entonces, y presumiendo lo que ocurriría, Odiseo percibió un olor raro en la respiración jadeante de los que intentaban sujetarlo.

El grandote volcó ceremoniosamente el tacho de guiso a los pies de Odiseo. Era un olor bien conocido por Odiseo: El padre, entonces, invariablemente, se marchaba. Odiseo no había podido suponer hasta ese momento que muchachos como el, sus camaradas, y por lo tanto el mismo, pudieran emborracharse —cosa de grandes- o que en ellos la bebida obrara iguales efectos que en los mayores. Los otros cuatro lo siguieron imitando sus gestos que ahora todos a una dirigían a Odiseo.

Los otros saltaban, corrían y los llamaban, se acercaban y se alejaban de el como danzarines tribales en torno a una víctima propiciatoria. Odiseo, en contraste, caminaba lentamente, la cabeza gacha, agobiado por la sorpresa y una secreta curiosidad o esperanza estimulada por lo irreparable de su apetito frente a la intencionada despreocupación de sus amigos y a su manifiesto y elocuente desprecio por un tacho repleto de apetitoso guiso.

Bajo los sauces se desparramaban los restos de un festín, y todavía sobraban, intactos, zoquetes de asado con cuero para muchos, y el segundo muchacho le iba mostrando una lata llena de empanadas y una bolsa de cartón rebosante de galletas, y el tambor mayor blandía en una mano el inservible tacho de Odiseo mientras que con la otra empinaba uno de vino.

Después todos callaron y habló el tambor mayor: La colocó ante las narices de Odiseo, como antes lo había hecho con su tacho de guiso y agregó: Nosotros volvemos a la cancha del vasco. Comé y te venís vos también. Ah, guarda con los perros. Cuando acabes de comer, mete todo adentro de la bolsa y la colgas del sauce grande, para esta noche.

Mientras escuchaba, Odiseo llevó lentamente la mano a la cintura y la detuvo cuando vio y oyó la rica bolsa de su amigo. Palpó la suya, casi vacía. Después prolongó el movimiento hasta dar con el cabo negro y lustroso de su cuchillo, y lo extrajo envuelto en su vaina de papel.

Quique no había guardado todavía su bolsa. Odiseo se refirió a ella con un movimiento de cabeza, y dijo: Juntando las posturas; llevando y trayendo plata: Primero come y después te allegas a lo del vasco. No te va a sobrar bolsa, no, para tanta moneda como vas a agarrar hoy. El tambor mayor partió a la carrera y los otro cuatro lo siguieron. El Primo y Angélica me ayudaron a acostarlo, y desde ese día ella se transformó, de un peligro imaginario y terrible, en una buena amistad.

Poco me importa lo que haga y como se las arregle para ganarse la vida. Ya amanecía y por eso me puse a encender el fuego, y ellos no se marcharon en seguida porque yo los invite a tomar unos mates, que les irían muy bien después de una noche de chupandina —a buen seguro- y de baile.

Y un hombre es un hombre, si no es un trompeta…. Se quedaron hasta después de la salida del sol. Y mi marido se levantó al poco rato, pese a la borrachera, porque esa era su costumbre, y tomó mate con nosotros. Al fin y al cabo aquella fue una mañana de optimismo. Antes de que el Primo y la Angélica se fueran, quedó arreglado que mi marido iría a trabajar con él en el arreo de haciendas.

Yo pensaba que si no lo era, se convertiría en la mujer del Primo y me alegré por él y por ella. Lo cierto es que mi miedo de aquella madrugada, cuando escuche los gritos de mi marido y por primera vez la voz de Angélica, fue tan infundado y pasajero como casi todos los miedos que una siente.

Yo he aprendido, después de golpes tan duros como los que la vida me ha dado, que los peligros y los males vienen siempre del otro lado, del que uno no los espera, y en esos casos el miedo no nos sirve para nada, como no sea para agravar los males y peligros.

Y la clase de relación que los une hasta el presente, si es que algo los une, no ha variado. Yo supongo que el la visita cuando viene al pueblo, como tantos otros, al fin y al cabo, la visitan.

Me engañé, por cierto, aquella mañana. De eso también hablaron aquella vez don Olegario y el muchacho de los anteojos.

En esa conversación me vi tan bien retratada yo como Angélica. Si en todas partes dijeron lo mismo, no lo sé, pero la semilla que dejaron, si a todos les ocurrió lo que a mí, fue muy profunda. De ella saco que la mujer no es hoy lo que debe ser, es decir, un ser humano igual que el hombre.

Por eso muchas mujeres corren el peligro de terminar en lo que la Angélica ha terminado. Don Olegario y el muchacho de anteojos, pues, hablaron de mi vida y de la de Angélica como si las conocieran.

Y otros —agregó-, sin llegar a ese extremo, perdieron su tierra o la que arrendaban, que para el caso es lo mismo y se marcharon y quién sabe donde han ido a parar. De lo que el muchacho y don Olegario decían, resultaba que las familias campesinas se divirtieron para no volverse a juntar, y yo se que Angélica pertenece a una de esas familias deshechas.

Y esa gente así desbandada, aventada, pierde la costumbre y las ganas de enfamiliarse otra vez, aunque Dios y la vida manden que el hombre y la mujer deben juntarse bajo un mismo techo. La gente, pues, tiende a irse, a separarse, y yo, como don Olegario y el muchacho de anteojos, pienso que debiera ser al revés.

Porque si a todos, al revés, se les diera por juntarse pero todos , y por no abandonar las tierras que labraron, no veo, como no veían don Olegario y el muchacho corto de vista, que fuerza sería capaz de disgregarlos y aventarlos.

No deja de ser una suerte. Temo por Odisea, sin embargo, que desde tan chiquito se ha tenido que acostumbrar a andar fuera de las casas y se ha hecho tan caminador que no para desde la mañana hasta la noche….

Y ellos —la Angélica y el Primo- se fueron por fin. Sería necesaria una campana grande —y no un cencerro-, que llamara a todos los pobres y los reuniera alrededor de una idea que ignoro, porque desgraciadamente aquellos dos hombres me visitaron una sola vez y después no he vuelto a saber de ellos, pero tendría que ser una idea de pobres, inventada por ellos, en la cual todos coincidieran sin engaños como coinciden los biguases en vuelo o sobre los troncos que el río se lleva, una idea como esa que lleva y trae a las golondrinas, una idea que los pobres tienen que aprender.

Desde entonces me ha visitado casi diariamente. Así que siempre nos hemos respetado y, porque no decirlo, querido. Estuve con ella cuando tuvo el gurí. Pensé que el niño podría ser del Primo, pero ni siquiera se lo insinué —mujer zonza-, ni le deje ver tampoco mi engaño de esa noche cuando los sentí llegar juntos a mi rancho acompañando a mi marido borracho.

Siempre he sido medio corta para dar consejos a veces ni siquiera me atrevo a aconsejar a Odisea. Por ejemplo, no me gusta que use cuchillo aunque lo necesite.

El cuchillo, que es como una parte del hombre, me intranquiliza en las manos de un chico. Sin embargo, no se lo he aconsejado. No le he dicho: No, no se lo he dicho, como tampoco le aconseje al Primo y a la Angélica que se unieran.

Se que las cosas no ocurren por el solo hecho de que uno las desee o sucedan en la imaginación. Es como esa idea que yo me hice después de escuchar a don Olegario y a su joven acompañante: He dicho que ellos parecían haber adivinado nuestra historia pasada, nuestras desgracias y quebrantos. Y, cosa rara, tengo la impresión de que yo misma, sabiéndomela de pe a pa, la ignoraba, y que fueron ellos mismos quienes me la revelaron, o por lo menos me infundieron una idea nueva acerca de nuestra vida.

Pero este es otro cuento…. Hoy es domingo de elecciones, como aquella vez, y el no ha venido. Tampoco vino anoche a dormir, y desde hace un tiempo…. Los primeros en aparecer fueron el Cuco y la Solapa. Después de los mandados, Balín recalaba todos los atardeceres en el despacho de don José y se quedaba allí, sentado, hasta la hora de cerrar.

Es probable que de tanto en tanto ambos viejos cambiaran alguna palabra, aunque en rigor, como se conocían tanto, no tenían por necesario hablar para entenderse. Por otra parte, como los dos eran muy viejos, habían hablado ya mucho en esta vida. Ambos prolongaban ese deleite exactamente hasta la hora de cierre. Esa escena, como te digo, se repitió diariamente durante muchos años.

Balín debió ser internado en el hospital de caridad. Ya desahuciado por los doctores, Balín sintió llegada su hora, y así dicen que lo reconocía con serenidad ante las enfermeras. Y tanto se extinguió que una tarde las enfermeras no lo hallaron en su lecho, como si realmente se hubiera esfumado. La verdad, sin embargo, era otra. Nadie, en este mundo, desaparece en esa forma. Don José sirvió las acostumbradas copitas de coñac, que ambos saborearon hasta la hora de cerrar. Después, como siempre, don José retírose a su casa y Balín llegó por sus propios medios al hospital.

Eso sí, hubo que acostarlo. Después de comer, duerme la siesta como los chicos buen criados. El niño se despertó pensando en el mandado que tenía que hacerle a Angélica. Ahí llega la Angélica. Domingo y por aquí. El padre no esta…. Oh, nada, pero tuve que mandarlo a….

No me engañe, Angélica, se lo pido por…. Angélica —No ha vuelto del mandado…. Angélica — Respuesta ante el llanto de la madre. Por favor, señora, no se trata de Odiseo. Se trata de mí y de mi nene. Es un chico, Angélica…. Angélica —Nada, a comprar nada. Usted sabe que cuando el Primo anda en Gualeguay…. En la farmacia se encontró ante una dificultad inesperada. El procedimiento, en efecto, no fue como otras veces, en que el hombre de guardapolvo blanco lo despachaba sin chistar, bien que le echara unas miradas que para el niño no eran ni de piedad ni de benevolencia, sino de una vaga y genérica agresividad, propia de personas mayores que no fueran la Madre, el Panadero, el Pescador y a veces la propia Angélica.

El boticario tomó ambos encargues. Leyó uno, miró el otro, volvió a leer y a mirar, dos, tres veces. Este, por fin, devolvió el paquete. Y ahora me traes el tarro otra vez. Es esa grandísima p…, que ni siquiera lo ha abierto. El dispensario les da leche en polvo para que alimenten al hijo, y ellas, las muy arrastradas, la mandan a cambiar por rouge y dinero. Ya hablaré con el. Que me la atara en este pañuelo. Odiseo obedeció, miró durante un breve segundo al idóneo y salió del negocio.

Por la calle pasaba en ese momento un camión repleto de electores que iban a los gritos vivando a un partido y vitoreando a un general. Angélica -… Yo no puedo trabajar. No es que le tenga miedo ni que el me exija nada, sino que no me animo, andando el por aquí. Y temo que por ahí se le de por llegar borracho y se encuentre con alguien.

Mujer zonza, esta también. Angélica —Hace como tres días que se que anda por aquí, que ha venido del campo. Ni siquiera lo he visto. No ha ido por casa todavía, pero no me animé a… Y me he quedado sin un centavo. Angélica —Después, después que lo mandé me arrepentí…. Angélica -… Salí a llamarlo, pero ya había desaparecido. El pobre me dijo que andaba apurado por no se que cosa de ganar mucha plata, que tenía que hacer no se donde.

No se preocupe por el. Usted no me va a creer… Lo mandé entonces con el tarro de leche en polvo que me dieron en el dispensario para el nene.

Lo mandé a la botica. Ni yerba casi llora. No tengo ni siquiera con que pintarme. Mire, deje de llorar. Ahí tengo cinco pesos escondidos. Angélica — Sin dejar de llorar. No, no, por favor. No he venido para eso. Madre — Ya sé. Monedita a monedita juntados por el.

Con eso y lo que juntara de aquí hasta fin de mes pensaba comprarle un pantaloncito. De vuelta al rancherío, llevaba en una mano el mismo tarro envuelto en el mismo periódico manoseado y rugoso, y en la otra, la rueda de hierro y el alambre. No hacía rodar el aro. Se esforzaba por llegar a una conclusión aceptable y verosímil acerca del oscuro delito de la Angélica que había desatado la ira del boticario.

No hallando ninguna explicación, echó a rodar el aro, corrió tras el y comenzó a impulsarlo con el alambre. Odiseo fue aligerando paulatinamente el paso hasta que anduvo a la carrera. Ahora pensaba en la bolsa del tambor mayor repleta de monedas y en como podría el también llenar la suya. Se marchó al fin con los cinco pesos en una mano y el pañuelo con el que se secaba los ojos, en la otra.

Esos cinco pesos eran todo mi dinero de Odiseo, mejor dicho. Yo le exigí que los aceptara y ella, la pobre, no fue capaz de rechazarlos. No es difícil que haya querido darme la oportunidad, con este sacrificio, no de pagarle tantos servicios que me ha hecho, sino de quedar en parte tranquila con mi conciencia y retribuirla en algo.

Odiseo y yo le debemos la vida, casi, y el que hayamos salvado de la inundación las pocas cosas que teníamos en el rancho cuando las aguas avanzaron. Hablando con ella una vez, le dije que aquí en Gualeguay, por primera vez, había vivido junto a un río. Se acordó porque el se había marchado con el Primo cuando empezaron a trabajar juntos en el arreo de hacienda.

Yo estaba sola con Odiseo y de no haber sido por ella nos hubiéramos ahogado o por lo menos hubiéramos perdido todo pese a que este río suele crecer lentamente y le da tiempo a escapar a quien lo conoce. Esta vez aprendí para siempre que los ríos no crecen como quien ignora su ley se lo pudiera imaginar. Así ocurre con muchas otras cosas en la vida. Cuando ella vino a darme el alerta, recuerdo que en seguida miré hacía el río, calculando que las aguas vendrían desde ese lado, pero no fue así.

Los ríos no crecen como yo creía, ignorante de sus mañas. Las aguas avanzan en punta, como una bandada de biguases; se detienen en las partes altas, se dividen y las rodean. De tal modo que esa vez las aguas venían, no del lado del río, sino que nos estaban rodeando.

Sí, estoy seguro que esa noche Odiseo y yo hubiéramos muerto. Había que escapar en sentido opuesto, y aunque parezca absurdo, no disparar alocadamente delante del agua, sino buscar el refugio en el terraplén.

Ahora lo veo claro. Las tierras blancas son completamente bajas, y a no ser por el terraplén que prolonga el puente Pellegrini, no habría otra parte donde refugiarse en caso de creciente. Temblaba una verdadera multitud de sombras, refugiados como nosotros, muertos de frío, mojados, cada familia junto a las pobres cosas que había logrado salvar.

Llovía a cantaros y hacía un frío de mil diablos. Algunos en canoa, desde muy lejos. Otros a pie, con el agua que ya les daba a la cintura, entre los que yo reconocí a algunos vecinos. Recuerdo también a una viejita que estornudaba continuamente y de una manera muy rara.

No parecía estornudar, sino toser o quejarse. No la volví a ver, porque la llevaron directamente al hospital. En el corralón circulo después la noticia de que se había muerto. El recuerdo de aquella viejita sería inolvidable para mí, como lo son todos los sucesos de la primera inundación que padecimos.

Durante dos noches no dormimos. La primera, cuando vino la Angélica a anoticiarme de la creciente que se preparaba. Esa noche aprontamos todo, pero no nos fuimos porque no teníamos a donde ir, y porque algunos decían que la creciente había parado. La gente desconfiaba, sin embargo, y ninguno durmió vigilando las estacas en la orilla del agua. El río parecía tranquilo y avanzaba con mucha lentitud. Llegó el día y la noticia se confirmó. El río apenas había alcanzado la altura de la barranca, pero ya el agua se volcaba en las hondonadas y algunos ranchos se habían inundado.

A esa hora parecía estacionaria, y yo decidí por mi cuenta, sin atender a los consejos de la Angélica, poner todo en su lugar. Deshice los bultos y volví a meter todo dentro del rancho. Al caer la noche comenzó a llover, y poco después llegó la Angélica. Antes de que dijera una palabra, con solo verle la cara me asusté. Debido a la lluvia, yo no había vuelto a salir del rancho, y tenía el agua a dos metros de la puerta, viniendo desde el cañaveral. Loca de espanto, tomé a Odiseo en brazos y traté de huir por el lado opuesto, para alejarme del río.

Angélica me detuvo, de haber seguido, me hubiera ahogado. Es claro que con el apuro no alcanzamos a salvar lo que se dice todo… Lo primero fue marchar con Odiseo y algunas cosas hasta el terraplén, chapaleando el barro pegajoso y resbaladizo de las tierras blancas.

En cuanto al agua, no parecía haber venido de parte alguna y menos del río, sino de todas o haber brotado de la tierra. Las canoas iban y venían del terraplén. Llegaban cargadas de gente y bultos, colchones, sillas, ropa suelta, gallinas.

Descargaban y volvían a perderse en la noche, bajo la lluvia. En una de ellas fue que vino la viejita, tosiendo y tiritando, y se quedó allí con las manos cruzadas en el pecho. Y he aquí algo que tampoco olvidaré: Antes de eso la Angélica debió volver sola al rancho a traer lo que habíamos dejado. Sus cosas estaban a salvo, porque las había trasladado con tiempo a la casa de una amiga. Hubo otras gentes, sin embargo, que con ser de aquí fueron menos previsoras que yo, y no se movieron hasta que el agua las rodeó por completo, y entonces hubo que salvarlas en canoa, porque ya ni los carros del regimiento podían llegar.

No obstante, ahora se que no fueron tan imprevisores como yo pensaba entonces. A los inundados recién se los salvó cuando se hallaron en peligro. Aunque yo, por ejemplo, hubiera previsto lo que nos iba a ocurrir, no hubiera tenido donde refugiarme.